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Carro Vacío

Oración por la dignidad de las mujeres

Escrito por
Publicado en Lectura
Visto 209 veces
18
Mar
2020

Hombre convulso de la mujer temblando entre sus vínculos
César Vallejo


He mirado con atención las estrellas en la noche, me han sorprendido la quietud y el silencio de los astros. La naturaleza y sus incontables misterios han sido una invitación a traspasar sus puertas enigmáticas. Alguna vez me perdí en los ríos y en las selvas, navegué hasta la desembocadura de atardeceres nunca vistos. En la soledad nocturna leí muchas páginas que contaban historias de pueblos atrapados en los viajes y las guerras. Me detuve también en los caminos de la infancia a mirar las arañas y las hormigas que merodeaban las plantas en el patio; quise la amistad de los pájaros para que me enseñaran a volar hasta la línea del horizonte. Nunca supe bien porque me encontraba en esta tierra, arrojado como lava de un volcán, ella, después de una noche única en su vientre decidió que ya era hora de la liviandad.


Deslumbrado grité, pero el sosiego de un pecho en el alba de la vida me esperaba. Mientras saciaba la sed, esos ojos y los míos inauguraban una complicidad más allá del tiempo. Mis pequeñas manos se asían de sus faldas y yo ensayaba unos primeros pasos tambaleantes. Busqué la belleza en muchos lugares del mundo y sin excepción estaban allí la risa de las mujeres y su arraigo en lo más profundo de la tierra. A la hora del canto de las mirlas ya estaban soplando la vida en las cocinas para que los hombres hiciesen sus eternas guerras, condenadas a parir criaturas para el juego de las espadas y las banderas.


Madre coraje de las generaciones, nadie le devolverá sus hijos muertos. Guardianas de la crisálida, del tiempo en el que somos y no somos; cantera de los afectos, manantial donde se ahogan los remolinos: ¿cómo cruzar ese puente entre dos noches tomados de las manos? Madre, hija, hermana; ¿qué hacer que si se juntan las manos, la soledad se hace aún mayor? ¿Cómo trascender la muerte si no a través de la continuidad de la sangre, del amor que fluye en las aguas del deseo?


Nada podrá cambiar ni ser nuevo si el espíritu femenino no impregna el alma de las cosas, el destino humano. La dulzura de los hombres solo será posible cuando se quiten los vestidos del miedo, la palabra no se quede en los labios y sus ojos no miren hacia abajo ni hacia arriba, no hay cielo ni infierno de las mujeres sino seres iguales en el sendero. Compañeras de las montañas y los valles: habrá un día en que nos sentaremos a conversar y compartir el pan de la amistad, quizás a soñar en el fin de las violencias y reconocernos como camaradas del día por venir. Las féminas liberaran el fuego que salve a la humanidad, el aliento de su ser libre derrumbará la casa en ruinas de los patriarcas, el viento de su corazón entrará por las ventanas y un aire dulce correrá por las habitaciones. Moriremos todos y cada uno, es cierto, una verdad amarga como el sabor de los limones, pero más allá de eso, más allá de todo, intuimos que allí: en el vínculo entre las mujeres y la naturaleza reside el secreto de la vida humana.


He mirado con atención las estrellas en la noche y sigo viendo los ojos de las mujeres.


Autor: Héctor Peña Díaz
Fuente: Fundación Solo Democracia

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